TIJUANOCENO

«El Antropoceno no tiene que ser el fin de los mundos por venir; es un límite, no un destino. No se puede permitir que lo que venga a continuación sea la barbarie de los tecnomodernos. Los pueblos amerindios, que se han negado a darse por finalizados, fin del mundo tras fin del mundo, tienen algo que decirnos sobre la necesaria subsistencia del futuro.» 

Donna Haraway

Antropoceno es el término geológico creado por Paul J. Crutzen – premio nobel holandés-  para designar a la época en la cual el hombre socava y domina la naturaleza. Entre los rasgos de dicha profanación destacan el cambio climático, la industrialización exacerbada de las grandes urbes, en virtud de la explotación capitalista. Aguas negras, nubes apestosas, árboles muertos, animales aterrados, ríos decapitados, y un sinfín de escenarios catastróficos ante la mirada indiferente de la frivolidad y egoísmo cotidiano. Carros chocolates, hummers, y pick up´s como símbolo del sueño americano. ¿Pesadilla o realidad? Humo en los pulmones, ojos llorosos, y un agradable aroma a putrefacción rodeando las principales avenidas de esta esquina del país.  Mesetas saturadas por viviendas contingentes – necesarias más bien- colinas edificadas con desechos, pocos parques, jardines secos, y un tráfico infernal todos los días. Trasladarse de una zona a otra representa un infortunio más que un paseo satisfactorio por los lindes de esta ciudad la más poblada del país: Tijuana.

Llamo Tijuanoceno a este derivado territorial de los estragos de la catástrofe ecológica que azota al planeta. Específicamente, al tejido intensivo de residuos humanos en todas sus variantes: psíquicas, corporales, y materiales. Derrochando glamour con la guayabera, inspirando estilo con huipil, ignorando  poco a poco la gran sequía que se avecina. A bañarse a cubetazos, a perseguir la pipa, a pagar la mejor mordida para que llegue un poco de agua a casa. ¿Qué tan lejos estamos para que esto suceda?

Viveiros de Castro y Déborah Danowski en la obra ¿Hay mundo por venir? reflexionan sobre algunas versiones del fin del mundo, ensayando finamente qué alternativas tenemos ante un mundo que cada vez resulta más invivible e irrespirable. De esta forma, nos invitan a imaginar las condiciones de posibilidad para trazar otra topografía de lo posible al margen de la catástrofe que se avecina. Siguiendo con este ejemplo, resulta curioso observar que la cartografía putrefacta de la frontera no es más que el reflejo de un enjambre de indiferencia y falsa elegancia de una sociedad de consumo cada día más arraigada en la compra de mercancías para agradar a los demás. ¿Qué pasará el día que sea un lujo bañarse? ¿Podremos respirar la peste ajena? ¿Con qué lavaremos los outfits de la semana? ¿Qué otras nuevas enfermedades surgirán?

El ruido y el tráfico infernal son el pan de cada día. La búsqueda de la vivienda más cerca del trabajo es una aspiración en el imaginario cotidiano de muchos. No hay soluciones concretas y factibles en lo inmediato. Volar al otro lado de la frontera en helicóptero privado ha nublado la famosa responsabilidad social de los responsables de arreglar este desastre. ¡Vaya paradoja! ¿En qué momento llegaremos a la instauración de otro tiempo más respirable más vivible? Si como dicen los antropólogos brasileños, “Hablar del fin del mundo es hablar de la necesidad de imaginar, antes que un nuevo mundo en el lugar de este mundo presente nuestro, un nuevo pueblo; el pueblo que falta”. Más que meditaciones y desviaciones, urgente y necesaria es la apertura de prácticas que resuelvan las múltiples afectaciones que padecemos todos los días, e imaginar qué otras potencias alternativas tenemos para evitar el mundo que no viene.

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  1. Tijuanoceno, es el nombre del actual proyecto de investigación de la autora de este artículo, registro autoral en proceso.