Salir del clóset de la pantalla

Los medios masivos no reflejan la realidad tal cual es, pero tampoco son mecanismos de dominación con el superpoder de dictar lo que pensamos y hacemos. Ambos enfoques sobre su influencia han sido matizados por posturas más complejas que reconocen en las audiencias un papel activo.

El concepto de negociación reconoce que los usuarios de los medios dan sentido a sus experiencias a partir de los productos culturales y también al contrario. Es decir, que sí tienen un impacto en la transformación de la visión del mundo, pero no como resultado de una imposición instantánea, sino de una labor de interpretación y diálogo entre productores y espectadores.

En abril, Netflix lanzó Heartstopper, una serie de romance gay que, si bien en un comienzo pasó casi desapercibida, a principios de este mes empezó a causar gran furor, no tanto por sus cifras en reproducciones como por la cantidad de comentarios en redes sociodigitales.

La serie parece obviamente dirigida a un público adolescente, sin embargo, muchas de las reacciones resultaron provenir de hombres homosexuales adultos con una clara línea: lamentar la inexistencia de productos similares durante su propia adolescencia.

El reclamo no se limita a la pérdida de una fracción de la vida amorosa, sino que se extiende de plano al robo de la etapa adolescente en su totalidad, como si ésta se agotara en las vivencias y expresiones románticas.

Pero este alegato es, por decir lo menos, exagerado. Los contenidos mediáticos están situados en su propio contexto y hablan desde sus propias condiciones; no son los medios los que posibilitan el desarrollo social, sino la sociedad la que posibilita el desarrollo de sus contenidos. Fueron las luchas de los primeros activistas contemporáneos, en los sesenta, las que permitieron gradualmente la aparición de productos como Heartstopper.

Si la serie no fue producida hace veinte o treinta años no es porque hubiera un plan deliberado para robar adolescencias gays, es simplemente porque entonces no resultaba siquiera pensable y mucho menos factible que un par de chicos de preparatoria pudiera vivir de manera más o menos abierta una relación de noviazgo.

Eso no quiere decir que la serie haya venido a revolucionar ni el mercado de los medios ni el movimiento de la diversidad sexual. Heartstopper no surgió de la nada; es heredera de otras historias de adolescentes LGBT+ en la construcción de su identidad, como Glee, Todos hablan de Jamie o Love, Simon.

Representar en medios no consiste en meramente introducir personajes pertenecientes a sectores discriminados en historias de ficción, y negociar con los productos mediáticos no se trata de reconocerse idénticamente en una pantalla, sino de interactuar con discursos con los que no se coincide en su visión del mundo y proponer una nueva lectura que le dé un sentido adecuado a los propios intereses.

Un adolescente homosexual bien podría identificarse en una historia de amor heterosexual y buscar cómo introducirla en su propia dimensión vital. Un adulto homosexual que se reconoce tardíamente en una historia de amor adolescente bien podría ahora buscar llevar a cabo la fantasía que entonces le fue imposibilitada.

Cargar a la “representación” con la responsabilidad de terminar con todos los males de la homofobia es caer en esa percepción de los medios como instrumentos de manipulación -por más que se haga con una buena intención- que ya desde los estudios de Lazarsfeld en los años cuarenta demostró su imprecisión.

¿Se convertirá Heartstopper en el pináculo de las series que volvieron normales las relaciones entre adolescentes gays? ¿Seguirá gustando en unos años esta normalidad a quienes hoy la demandan? ¿Serán estas relaciones ideales como la de Charlie y Nick? Ya lo veremos. Muchas dimensiones y procesos sociales tendrán que ponerse en marcha a la par, y entre todos ellos, los medios informativos jugarán un rol importante, sí, pero no principal.