Los otros ideólogos del género

Conforme la cotidianidad de las personas LGBT+ ha ganado presencia en películas, series y otros productos culturales durante la última década, una noción ha entrado fuerte, aunque difusa, en el debate: la ideología de género.

Algunos grupos alertan que a través de la inclusión de familias homoparentales o parejas gays en películas infantiles se pretende adoctrinar a los niños para imponer la homosexualidad como una “opción” preferente. Otros sectores responden que lo que se busca es promover el respeto a todas las orientaciones sexuales y simplemente niegan que haya una ideología de género.

Pero resulta que ésta sí existe. Y que no se debe desestimar que sí es muy dañina para los niños, las familias y la sociedad en general. Claro que la manera en la que se entienda este daño depende del punto de vista desde el cual se aborde el propio concepto de ideología, tan discutido a lo largo de dos siglos sin llegar a un acuerdo.

El sociólogo inglés John Thompson identificó dos enfoques en el estudio de la ideología, a los que llamó la concepción neutral y la negativa. Los adeptos a la primera no ven en ella más que el conjunto de ideas compartidas por un grupo, que expresan sus intereses alrededor de un conflicto por lo regular de tinte político.

En este sentido, todas las ideas en torno al género -tanto las que promueven roles tradicionales como las que defienden la diversidad sexual- serían consideradas ideología, y su valoración no dependería más que de un relativismo cultural aislado de la realidad social en el que todo y nada podría ser válido.

Quienes se adhieren a la perspectiva negativa, la tachan de errónea e ilusoria, y la acusan de contribuir al sostenimiento de las relaciones de dominación. El problema con esta visión es que quien critica se coloca a sí mismo en una posición incuestionable desde la que descalifica, no sólo otras formas de pensamiento, sino las críticas hechas desde ellas, sin necesidad de ofrecer argumentos ni someter a juicio sus propias creencias.

En este caso, lo que se logra al calificar como ideológicos los contenidos culturales sexualmente diversos es anular, no sólo su reconocimiento como tales, sino el de las realidades a las que éstos hacen referencia sin importar las necesidades de la gente -y no sólo los personajes- LGBT+.

Para salvar las faltas conceptuales de ambos extremos, Thompson propone un replanteamiento de la ideología que conserve el carácter crítico de las relaciones de dominación, pero sin caer en el absurdo de una realidad única.

La define entonces como la forma en que el significado dado a algo (y ya no una cuestión intrínsecamente equivocada) sirve para situar a un determinado grupo en una situación de desventaja con respecto a otro.

Por ejemplo, darle a la homosexualidad el sentido de perversión o de enfermedad desemboca en la idea de que las personas homosexuales son inferiores a las heterosexuales y que, por consiguiente, es justificable la negación de los mismos derechos, como la formalización jurídica de una pareja o una familia.

Desde este enfoque, si las leyes de un país se modificaran para prohibir el matrimonio entre personas heterosexuales o para obligar a una persona heterosexual a expresar una orientación sexual en la que no se sienta a gusto como condición para acceder a un derecho, sólo entonces podrá hablarse de la imposición de una ideología de género de parte de un lobby gay.

Mientras tanto, son los homófobos –que buscan imponer una única composición familiar como legítima- los verdaderos “ideólogos del género” que están destruyendo así no sólo a la familia de cualquier tipo, en tanto composición social basada en el compromiso, sino la integridad de sus miembros.

Dicho sea de paso, que la escena de un beso lésbico venga a revolucionar la situación de los derechos humanos de la diversidad sexual es muy cuestionable, visibilización no es sinónimo de reconocimiento, pero eso será tema de otra discusión.