Entre la caída de tantos cielos y los lamebotas del Palacio

Es tanto el barullo de la sociedad informática y la mediocracia en el que vivimos, que es el arte donde encontramos un contrapeso… un remanso para paliar el intenso ruido que se cuela desde las redes y la televisión, y enmaraña a las ideas que danzan en nuestras mentes.

No puedo sino celebrar haberme topado con unos versos de D. H. Lawrence (1885-1930): “Tenemos que vivir, a pesar de la caída de tantos cielos”; pertenezco a una cofradía que sólo sabe de resistir, pase lo que pase y venga lo que venga.

El escritor Jesús Ferrero, que cita a Lawrence en Salones, Diógenes, fanatismo, autopistas, a la caída de los cielos agrega: “la caída de tantos infiernos sobre nuestras cabezas”. Pero aquí estamos…  raspados, pero casi incólumes…  con todo y lo perdido durante la temporada de pandemia.

Encuentro que en estos momentos acudir a la lectura de Columnas es una excelente manera de establecer una especie de diálogo desde lo íntimo, dado que en la escena pública la conversación y el intercambio de ideas dista mucho de ser del interés de distintas clases de agentes -de los culturales a los políticos-.

Tal parece que los asuntos de la agenda pública expuestos por el periodismo no permean en las alturas de la administración y prefieren quedarse encerrados en una burbuja llena de alabanzas y loas desmedidas de parte de toda una panda de lacayos a los que no se les paga por laborar con eficiencia sino por alabar a sus jefes.

Ferrero cita Heine y con razón: “Los salones mienten, las tumbas son sinceras”… donde los salones son las lujosas oficinas en las que la corte de lamebotas repite ad nauseam las supuestas virtudes de los funcionarios en turno que saben poco o nada del área que les ha sido encargada.

El ejercicio de la escritura y la digresión me permite compartir con Jesús Ferrero ese listado de Salones, Diógenes, fanatismo, autopistas, en el que pareciera estar concentrado la vastedad del cosmos y la nada… una franja maravillosa para ejercer la prosa.

Un columnista encuentra la manera de pasar de D. H. Lawrence al pensamiento ilustrado e ilustre de Diderot, cuando dice:  “No hay más que un paso del fanatismo a la barbarie”… es por ello que no dejo de pensar en un funcionario que pierde 800 millones del erario y está tan campante; en un tipo que lucra ofreciendo válvulas para resolver un problema que su organismo provocó; o en una institución que tiende un laberinto burocrático para que no le sea sencillo a la comunidad calificar para la aprobación de sus proyectos.

Y así podríamos seguir… entre altos salones gubernamentales y un fanatismo de solapadores y arrastrados, pero parece que es mejor, como dice Ferrero citando a Alejandro Magno: “De no ser Alejandro, quisiera ser Diógenes”… y con ello convertirse en “un filósofo mendigo y cínico” para dejar de ser un rey.

Allá lejos… en el Palacio, que se quede la nueva corte medieval desfalcando a nuestro estado hasta el último día en que les sea posible.