El PRI extraviado y a la deriva

Quienes nacimos a finales de la década de 1970 somos privilegiados porque hemos sido testigos de la transición de aquel México dominado por un partido hegemónico a un país donde la alternancia política se ha vuelto algo de todos los días.

A las nuevas generaciones ya les debe parecer una vieja y lejana historia escuchar que algún día el Partido Revolucionario Institucional (PRI) ganaba todas las elecciones. Quizá no podrían creer que hasta 1989 nadie le había podido ganar al PRI una gubernatura como lo hizo entonces el panista Ernesto Ruffo Appel.

Pero millones de mexicanos no olvidamos que durante seis décadas el PRI fue el partido que dominó por completo la política del México posrevolucionario. En esos tiempos no se movía nada sin la anuencia del presidente de la república. No sólo todos los gobernadores eran emanados de ese partido, también el Congreso de la Unión estaba en manos de una avasallante mayoría priista.

Hoy esos tiempos parecen lejanos, pero no tanto.

Al principio de su sexenio, Enrique Peña Nieto pintaba para ser un líder capaz de regresar al PRI a un periodo largo al frente de la presidencia de la república. Pero su administración fue un desastre desde la desaparición de los 43 de Ayotzinapa y el escándalo de la Casa Blanca.

Peña nunca pudo levantarse durante su sexenio y en su decadencia se llevó entre las patas a su partido, que hoy sufre una crisis existencial que amenaza con extinguirlo. Lo que queda del PRI hoy es objeto de una lucha intestina que mantiene a su militancia extraviada.

Las escenas porriles que vimos hace unos días en los alrededores del Comité Ejecutivo Nacional del PRI son sólo un síntoma de la descomposición que vive el partido, que perdió la brújula después de las últimas elecciones.

Perder ocho gubernaturas no es cualquier cosa. Y tampoco lo es el hecho de que el PRI sólo mantiene en su poder cuatro gobiernos estatales: Estado de México, Coahuila, Oaxaca e Hidalgo. Por eso el PRI pende hoy de un hilo.

Durante los gobiernos panistas de Vicente Fox y Felipe Calderón, el PRI mantuvo su fuerza política porque retuvo la mayoría de las gubernaturas en su poder. Hoy ni eso, está desfondado, y en medio de una abierta disputa por su comité nacional.

Los priistas están en medio de una crisis existencial y ni siquiera tienen a un líder del cual asirse para recuperar el rumbo. A las nuevas generaciones quizá les parezca poca cosa, pero quienes fuimos testigos de aquel soberbio y todopoderoso PRI no deja de sorprendernos la debacle en que se encuentra el viejo partidazo.

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