El hecho literario, otra vez

En clase, leemos el inicio de una novela publicada por un joven escritor. El primer párrafo tiene varias repeticiones innecesarias de palabras, algunas rimas internas y ciertas cacofonías que ensucian el texto. Sin embargo, también posee un eficiente arranque narrativo basado en una anécdota. Acordamos que bien podrían eliminarse algunos de esos defectos, utilizar sinónimos y que, de esa forma, el autor ofrecería un texto más “limpio”.

“Pero ¿está mal escrito?”, pregunta un alumno. Debo decir la verdad: no. “Entonces, ¿por qué hay que corregir esos pequeños defectos”, arremete el estudiante. Supongo que no hay una sola respuesta para ese cuestionamiento, que cuanto se diga dependerá del punto de vista de quien se atreva a dar una posible solución. Recuerdo un cuento de José Revueltas que abunda en adverbios terminados en –mente, pero eso no quita que sea un magnífico relato. Pienso, por otro lado (y por defecto profesional), en que un corrector de estilo se sentiría tentado a modificar ciertas palabras y los verbos terminados en –ía y –aba con tal de dar otra forma al inicio de novela. Pero qué contestar; cómo explicar una forma de escribir que va más allá de la anécdota, que aún considera que la literatura es más que una trama bien hilada, que cree que el hecho literario también está en las palabras que se utilizan: “Por cortesía con el lector”, suelto, pero sin tener una certeza.

Vuelvo a estas interrogantes una y otra vez esa noche.

Borges, que es un “caballito de batalla” sobre el cual uno se puede montar para hablar de cierto tipo de literatura, se quejaba de algunas “deficiencias” del castellano (aunque alababa su sonoridad). Uno de los problemas a los que se enfrenta el escritor son justo los adverbios que terminan en –mente y que se notan mucho: “si yo digo lentamente, rápidamente, lo que usted oye es la parte mecánica de la palabra, la palabra mente. En cambio, si yo digo en inglés slowly o quickly, lo que usted oye no es el ly sino el slow o el quick”, apuntaba el argentino. E insistía: “es muy difícil escribir una página en español sin asonancias y sin rimas, en cambio en inglés, en francés o en alemán es muy fácil hacerlo, de suerte que si yo leo una página bien escrita en español sé que el autor es un hombre inteligente”.

Pero ¿qué es una página bien escrita? La respuesta también depende de quien la dé. Si vuelve ese corrector de estilo que martillea en mi cabeza, es claro que hablaría de limpieza sintáctica, de coherencia lógica y de un uso eficiente del lenguaje. Sin embargo, la apuesta de un narrador actual consiste en una trama atractiva, que logre enganchar al lector, y en una anécdota que sea seductora para quien pondrá sus ojos en ese texto. Cómo reconciliar ambas posturas.

El estudioso colombiano Omar Rincón ha abordado el tema de las narrativas mediáticas actuales y ha comprobado que se basan en el seguimiento de un suceso que en todo momento mantiene en vilo al espectador. Entre más rápido avance la acción, el relato es más eficiente, pues lo que se busca es que la audiencia siga un hecho sin cuestionarse la verosimilitud, la coherencia interna del relato o cada uno de los giros que ofrecen las tramas narrativas. Esos discursos son lo que vemos en las series televisivas, en el cine y también, desde hace algún tiempo, en los libros de ficción. Uno inicia la primera página de la novela y se enfrenta a un bombardeo de hechos que obligan a una lectura rápida y sin parar. Así, uno de los mayores elogios que se dan a los libros en la actualidad es que son fáciles de leer. Pero, ¿por qué esto habría de ser una cualidad?

Lo opuesto a esta postura se puede enmarcar en el inicio de La expresión americana, del cubano José Lezama Lima: “Sólo lo difícil es estimulante; sólo la resistencia que nos reta es capaz de enarcar, suscitar y mantener nuestra potencia de conocimiento, pero, en realidad, ¿qué es lo difícil? ¿lo sumergido, tan sólo, en las maternales aguas de lo oscuro? ¿lo originario sin causalidad, antítesis o logos?”. Y más allá, o quizá una pregunta que se vuelve válida al confrontar ambos puntos de vista: ¿quién lee hoy a José Lezama Lima?, ¿quién halla en lo difícil algo estimulante?

Tal vez no son dos posturas que se invaliden una a otra, sino diversas maneras de ejercer la literatura de ficción. Por una parte, hay excelentes narradores que apuestan todo por la anécdota, que elaboran tramas como si se tratase de encuentros fortuitos al estilo Lautréamont, y, por el otro lado, hay autores que creen que el estilo y la forma del lenguaje utilizado es lo que permite que una obra trascienda.

Ahora, pensemos en algunas obras que se han dado a conocer más allá de sus autores y analicemos a qué bando, por llamarlo de algún modo, pertenecen: Cien años de soledad, Conversación en La Catedral, El señor presidente, Pedro Páramo, La amortajada, La balada del café triste, Orgullo y prejuicio… Sin duda, son libros que privilegian tanto la anécdota como el lenguaje. Es decir, atienden ambos requerimientos y, gracias a ello, son considerados pilares de la literatura. Y es que cuando uno se acerca a un reportaje lo que pide es buen periodismo; cuando uno ve una película, exige una adecuada conformación entre historia y lenguaje visual; cuando uno alaba una serie televisiva lo que lo atrapa es la narrativa audiovisual… Entonces, ¿por qué cuando se lee (y más aún: cuando se escribe) un libro sólo habría de privilegiarse la anécdota y no el lenguaje?

Contadores de anécdotas hay muchos. Nuestros abuelos y su oralidad quizá fueron los primeros narradores que conocimos y quienes nos embelesaron. Sin embargo, cuando vamos a un libro de ficción habría de pedirse que el escritor se preocupe por el lenguaje que utiliza, por la forma que da a las palabras y por cuidar un idioma que, se supone, conoce. Cuando uno se acerca a una novela, a un libro de cuentos, y descubre asonancias, rimas internas, repeticiones innecesarias de palabras habrá de intuir que está frente a un probable contador de historias, pero no ante un buen escritor. Si a cada lenguaje narrativo (visual, audiovisual, escrito) corresponde una característica, el de la ficción escrita debería privilegiar tanto el correcto uso de la palabra como la historia misma.

Vuelvo a Borges, a quien su padre le recomendó leer mucho, escribir sólo cuando sintiera necesidad de hacerlo y tratar de publicar lo más tarde posible: “[me dijo] que publicara cuando creyera que ya un borrador había dejado de ser un borrador”, recuerda en Borges para millones. Entonces, ¿por qué los escritores sentimos que se debe publicar cuando existe la posibilidad de hacerlo y no cuando hemos quedado conformes con nuestra obra? ¿Por qué hay tanta prisa por escribir y de inmediato publicar? ¿Por qué se toma más tiempo en escribir que en corregir un libro? ¿Por qué los editores siguen publicando obras que parecen estar en construcción y no concluidas? Tal vez en la respuesta a estas últimas preguntas se encierra el misterio de por qué hoy se publica tanto y hay tan pocos nuevos clásicos literarios. Quizá también se encuentre una respuesta a por qué habrían de corregirse aquellos pequeños defectos en la novela mencionada al inicio. No, no por cortesía con el lector, sino porque seguimos creyendo en eso que llaman Literatura.

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