Dentro de 50 años mis libros empezarán a desenterrarse: Gonzalo Martré

A Nahum, Hugo y Javier

Gonzalo Martré (Meztitlán, Hidalgo, 1928) se recupera de un síncope cardiaco que sufrió a finales de 2016. Ahora es enero de 2017. Su audición es mala, lo que provoca que deba hablársele del lado izquierdo. En el estudio de su casa, donde esto transcurre, hay detalles de su vida: reconocimientos por su participación en la elaboración de la historieta Fantomas, el diploma que recuerda cuando le impusieron su nombre a un aula del Estado de México, fotos de su juventud, colecciones de ciencia ficción y libros en ediciones de hace muchos años, así como un par de retratos de Marilyn Monroe (en uno de ellos lee el final del Ulises, de James Joyce).

Martré había pedido que la entrevista fuera breve, pero conforme avanzan los minutos se va animando y no parará sino casi dos horas después, cuando el silbido en su respiración sea ya muy evidente. Cuando habla de política se permite sonrisas francas y cómplices, cuando se refiere a los políticos mexicanos pone en sus palabras un tono satírico como de peladito del cine de oro nacional y cuando deja de meditar cada una de sus frases y se abre a la emoción hay un alargamiento de sílabas que lo hacen sonar feliz.

Hugo César Moreno Hernández le pregunta sobre sus libros policiacos y sus personajes del narco. Javier Moro inquiere sobre todo por la noche en su narrativa y por esa locura psicodélica que es Safari por la Zona Rosa. Nahum Torres, al final, lo cuestiona por haber escrito con seudónimo en lugar de su nombre real, Mario Trejo González.

Cuando terminé de escribir mi primer libro de cuentos [Los endemoniados] yo mismo vi que no iba a ser bien recibido por la crítica dado que en dos de ellos extremé la violencia y el uso del lenguaje soez y procaz (cosa que no estaba permitida en los años sesenta, cuando esto ocurrió). Entonces me dije: ¿Mario Trejo González? Mejor me pongo un seudónimo porque voy a seguir escribiendo así, porque es lo que me gusta, y no voy a cambiar”, responde Martré y muestra su dentadura en una sonrisa que se antoja melancólica, como recordando al niño e hijo de la profesora Sofía, quien tuvo que irse a vivir a Pachuca para que nadie la marginara por ser madre soltera; también piensa, quizá, en el niño que aprendió a leer a los cuatro años, huyó de casa a los siete para escarmentar a su madre y a esa edad caminó por una vereda fuera del pueblo para tener su primera aventura… Sin embargo, ahora, en su mirada hay cierta chispa que lo anima a continuar, como preparando una travesura.

Entonces relata su origen de hijo bastardo, habla del padre que apenas se enteró que la novia estaba embarazada decidió pedir que lo transfirieran a Pachuca para olvidarse de su responsabilidad. Martré saca a relucir esa jiribilla que desenmascara a los chismosos (no mentirosos), a los que van por la vida contando historias con maledicencia, porque en ello encuentran un gozo inexplicable (no en balde dice que Hidalgo es un estado de chismosos):

“Mi madre, al registrarme, le preguntó a mi padre si podía ponerle su apellido al niño. […] Él le dijo: ‘ponle como quieras, pero sin mi apellido’ […] Así que ella me registró con su apellido: Mario González. ‘Padre desconocido’, así dice en el acta. Con el tiempo, 12 años después, mi madre encontró otro señor y él accedió a que me pusiera su apellido. Él se apellidaba Trejo y así ya tuve dos apellidos: Trejo González”, pero tras la disquisición vuelve a la razón de su seudónimo.

–Yo debí haber chingado a mi padre y haberme puesto de seudónimo “Mario Saavedra”, para joderlo. Debí haberlo jodido. Para que me preguntaran: “¿Quién es su padre? Ah, pues don Humberto Saavedra”. Pero no lo hice. En lugar de eso, se me ocurrió hacer un anagrama incompleto con Mario Trejo González y así surgió Gonzalo Martré.

Acusado de pornógrafo, Martré se considera a sí mismo el escritor más importante de Hidalgo. En su carrera literaria cuenta con casi 50 libros entre cuento, novela, ensayo y uno de divulgación científica (La estructura del átomo) que era una introducción a los principios de la física cuántica y que se utilizaba en el bachillerato mexicano en los ochenta y noventa del siglo XX. Además de periodista, guionista, argumentista de Fantomas. La amenaza elegante y crítico del sistema político nacional, fue director de la Escuela Nacional Preparatoria Uno, de la UNAM, y colaborador de Excélsior, El Universal y El Nacional, donde lo llevaron a juicio por hablar mal de un colaborador de Luis Echeverría.

En literatura ha practicado decenas de temáticas: la ciencia ficción, la psicodelia, el policiaco; además, ha explorado el narcotráfico, la vida homosexual en la ciudad de México de los 70 y ha recreado el 68 mexicano y las huellas que dejó en sus participantes… Sin embargo, cada que se aventura una pregunta acerca de su obra, él se escapa y vuelve a un chisme. Cuando Hugo César Moreno le pregunta sobre la literatura del narco y sus personajes, Martré menciona a Elmer Mendoza y cuenta de aquella ocasión cuando se lo encontró y le obsequió un ejemplar de su novela El cadáver errante para demostrarle que la temática ya estaba en sus libros antes que en los del de Sinaloa. Si Javier Moro le menciona la vida de los setenteros en la Zona Rosa, Martré relata los cientos de veces que acudió al antro Safari a contemplar la vida de los homosexuales y los acompañó a las fiestas posteriores (“yo era asiduo del Safari, lo conocí bien. Esta novela la escribí con gran conocimiento de causa, sin que eso implique que yo fuera del equipo” –se carcajea–), pero si se le menciona el terruño y a sus políticos, se deja llevar por los recuerdos. Hay en su conversación una malicia para nombrar a otros escritores y como si fueran parte de su cuento “El Canelo” los llama a cada uno por el sobrenombre que les ha puesto en su afán satírico: Horacio Puercayo, Héctor de Maugatito, Quique González Perrero, Pepón de la Colina, Paconaco Ataibo…

La exclusión del sistema

Frente a Martré, quien lleva un suéter con los colores de la bandera de Jamaica y una boina atigrada negra, uno es incapaz de entender su sencillez. Apenas empiezan las preguntas, pide a su hija que sirva jaiboles para todos; él bebe un poco de refresco. No hay que llamarlo “maestro” y no tiene remilgos al autonombrarse repetidas veces el mejor escritor hidalguense. Ejemplifica con su vida y hay una aceptación total de su pasado.

Este hombre es alguien de ideas fijas, pero no sólo por repetir el lugar común, sino porque, por ejemplo, siendo niño prefirió acabar en un albergue público y llenarse de piojos y garrapatas antes de bajar la mirada ante la madre que lo había castigado de forma injusta. “Ya me encontraría, un día de estos, pero yo, volver contrito acuciado por el hambre, ¡ni pensarlo!”. Aquel niño creyó darle una lección a la madre y gozaba al imaginarla afligida por no saber de su paradero, al pensarla buscándolo toda la noche y arrepintiéndose de haberle jalado la oreja. Sin embargo, la realidad le mostró a Gonzalo que a esa edad nadie sabe dar lecciones mejor que una madre. De eso se dio cuenta cuando la vio caminar al lado de una amiga, quitada de la pena, por una de las calles principales de Pachuca: “había recibido una lección: ¡la vida en casa es más cómoda!”, y el orgullo es algo que en ocasiones hay que guardarse, cuenta en su libro La hora de los Tuzos.

Este hombre también es quien se aventuró en la literatura mexicana a escribir sin tapujos en la década de los sesenta; es el mismo que con humor señala que “no sólo los hombres reniegan del micropene, también las mujeres pagan cara la estúpida ocurrencia de casarse sin previo examen manual en la butaca del cine o el sofá casero”, según refiere en el cuento “Barnardiana”; y quien llega a límites morales insospechados en la novela de sus aventuras nocturnas. En Safari en la Zona Rosa da cuenta de la libertad sexual que se experimentaba en aquellos años. Sus páginas las recorren homosexuales y trasvestis y jóvenes clasemedieros o ricos que quieren estar a la vanguardia y organizan happenings donde se consume droga y alcohol creyendo que eso es lo moderno. Pero todo eso lo hace sin querer imponer su visión: él expone y el lector es quien debe aprobar o censurar, pero jamás quedar indiferente.

Este Gonzalo Martré es quien en Los símbolos transparentes hizo una crónica del México en la época de Gustavo Díaz Ordaz. De la mano de unos meseros que sirven en la comida de un político que sueña con ser señalado por el dedo presidencial para la sucesión de 1970, hace un recorrido por las semanas previas a la matanza de Tlatelolco 68, por las reuniones de líderes estudiantiles y sociales que son acosados por la policía y que deben soportar torturas y degradaciones. Además, se burla del servicio secreto estadounidense, quien se infiltra a México y no hace ningún análisis de la realidad, sino que trata de confirmar sus prejuicios, por lo que termina matándose a sí mismo (no es un suicidio) al intentar hallar enemigos que no existen. Pero también en esa novela está presente la clase política que apuesta por una figura y trata de ganarse sus favores por si acaso llega a convertirse en el futuro presidente de la nación. Hay banquetes en donde se come todo lo imaginable y donde se beben los mejores licores (o al menos eso creen esos políticos que se dejan llevar por las modas, pero que no tienen ninguna cultura que sustente los gustos que presumen). Hay periodistas prestos a recoger el “chayote” de los funcionarios que necesitan una nota informativa que los encumbre ante el “señor presidente” y hay empresarios que saben que pueden servirse de ese anhelo de poder para hacerse millonarios a costa de la ignorancia de quienes manejan el presupuesto. Y en el fondo de ese escenario hay dos hombres y una mujer que sólo están ahí porque esperan que en algún momento se aparezca el “líder moral” del país y al fin puedan vengarse de él por la matanza, la humillación, la degradación que cometió contra sus hijos estudiantes y contra ellos mismos. Son tres seres que hartos de las promesas, deciden hacer algo para ejercer una venganza, y sólo a costa de la basura que dejan los millonarios pueden saborear una comida a la que nunca podrían aspirar siendo mexicanos comunes y corrientes.

Finalista del Premio Internacional de Novela México en 1975, esta novela se publicó hasta 1978 porque tuvo que enfrentarse a la censura. Aunque existía el compromiso por parte del premio de publicarla, había sido condicionada sólo si se cambiaban los nombres de algunos políticos que aparecen en ella, a lo que el autor accedió después de intentar editarla en algunas otras editoriales y encontrar rechazos. Sin embargo, el propio Martré recuerda que cuando el libro ya se estaba imprimiendo un barrendero leyó una de las pruebas, se escandalizó y fue con la editora a darle su opinión. Entonces los directivos, asustados con aquella lectura, suspendieron la publicación. Habría que resaltar aquí que entre los jurados del concurso estaba Augusto Roa Bastos, y que para aquellos editores fue más importante la opinión de un barrendero que la del escritor paraguayo.

El crítico literario Christopher Domínguez Michael considera que la novela es víctima de la precipitación de su autor por dar su versión del 68 mexicano, pero quizás olvida la importancia política que podía representar entonces publicar estos textos literarios y políticos en un país que censuraba las referencias directas y que lo incriminaban. Los símbolos transparentes, además, pone en papel una historia que termina por desencantar al lector debido al trágico final. Es un mosaico en donde aún hoy puede reflejarse la sociedad del país y sentir la herida de una verdad que parece nunca cierra: “Todo el mundo está ocupado en la transa. La planean, la cachondean, la miman, la poseen, la gozan y la usufructúan. No hay alma en este comelitón que no esté pensando cómo transar hoy o mañana, o en este instante”.

Martré: enemigo político

Fanático del arte, bueno en las matemáticas (“si hubiera sido excelente me hubiera dedicado a matemático”), lector de libros de ciencia, Martré ha incursionado en el cuento de todo tipo de temas, entre ellos, la ciencia ficción (véase –y léase–, por ejemplo, su cuentario La emoción que paraliza el corazón). Debido a su interés por la mecánica cuántica, en los cincuenta leyó muchas revistas de ciencia ficción norteamericana e inglesa que se traducían al español. Entonces aparecían cuentos de Ray Bradbury, Robert A. Heinlein, A. C. Clarke y Murray Leinster, entre otros. “Lo mejor de lo mejor se escribió y se publicó en esos años, y todo se traducía en revistas homólogas aquí en México. Y venían también dos excelentes colecciones, una de argentina de novelas, en la colección Légula, y otra española en la colección Nueva dimensión, de cuentos y novelas. Excelentes”. Fue así como, junto con su interés por la mecánica cuántica y por esas obras, decidió incursionar en el género, pero a diferencia de lo que hacían otros autores, como Martré poseía un conocimiento de difusión científica (“no podemos decir un bagaje científico, porque nunca fui científico”), pudo escribir con bases tomadas de los libros de ciencia y no de otras novelas.

            Además, como siempre tuvo interés por las cuestiones políticas y sociales, esos cuentos los escribió de modo que fueran un análisis social del futuro: “las consecuencias de lo que está pasando ahorita proyectadas al futuro”. Así, en su último libro, La hora de los Tuzos (Martré suelta como sin querer que cree que ya no volverá a publicar) se cuenta la historia de una muchacha que sufre las consecuencias de las reformas estructurales emprendidas por Enrique Peña Nieto.

Este rasgo de crítica recorre su obra como si fuera un ejercicio de provocación: en ella hay seudointelectuales de quienes se burla y una ironía que le ha valido hacerse de enemigos. Un caso concreto es cuando el Congreso del Estado de Hidalgo le otorgó el Premio al Mérito Artístico en 2015 y el gobernador en turno, Francisco Olvera, inventó artimañas para no dárselo o posponer la entrega. ¿De dónde venía el problema? Quizá (retóricamente especulando) de aquel cuento (“El Canelo”) en donde se burló de varios escritores y políticos hidalguenses: “A la primera función nocturna acudió gente muy importante; ahí estaba la tribu Lugo-Verduzco-Gil-Rojo, ex caciques, caciques y futuros caciques de la entidad, la flaca lombricienta Lulú Parga, secretaria de Cultura, y el ex gober Güero de Rancho, muy impopular porque se había gastado el erario público del último año del sexenio en una precampaña mediática inútil persiguiendo la candidatura a la Grande por el PRI […] En Pachuca no quedó ni un alma, hasta el villano hidalguense más impopular conocido como la Sosa Nostra junto con su porro favorito el Pacolvera fueron engullidos con limpieza” [el subrayado es nuestro]…

            Martré dice que después de recibir la noticia del reconocimiento pasaron dos meses y no se lo entregaban, luego pasó otro par de meses y nada, y así comenzó a transcurrir el tiempo sin que hubiera una fecha definida para entregarle el galardón. Entonces el poeta hidalguense Hans Giébe un día le dijo que no le iban a conceder la medalla, “por lo menos Olvera no te la va a dar”. ¿La razón? Había leído sus libros y sabía lo que opinaba de él y del partido al que pertenecía. “No es posible”, respondió sorprendido Martré: “un pinche porro no lee. Entonces Hans me dijo: ‘bueno, alguien que sí lee fue y le dijo: mira lo que escribe este hijo de puta’”. Como el gobernador debía entregar el premio, según el protocolo, Francisco Olvera se negó a hacerlo y terminó su sexenio sin cumplir con su cometido. Habría de ser el siguiente gobernador, también priista, quien lo haría: “parece ser que éste sí sabe leer y escribir, y es otro tipo de persona: más político”.

            Pero para Martré este chisme tiene el mismo peso que uno literario donde los participantes son menos poderosos políticamente, pero tienen los mismas pasiones y resquemores. Fue por una historia semejante por lo que el hidalguense quedó vetado de las páginas del suplemento cultural del periódico La Jornada, en la época en que lo dirigía Hugo Gutiérrez Vega: Martré se topó con el director y le soltó una pregunta incómoda: “¿Qué haces ahora en la izquierda, si tú fuiste del MURO [Movimiento Universitario de Renovada Orientación, grupo estudiantil de choque de extrema derecha y anticomunista]?”, a lo que el poeta se justificó diciendo que lo había sido por “su juventud”. “Como lo dije en público, caí de su gracia y quedé vetado […] Ya no aparezco en ése (suplemento) ni en los otros. A veces en Milenio, porque Jairo Calixto es amigo, y José Luis Martínez; ellos dos de repente meten una notita, cada dos años”…

¿Martré: el desconocido?

El escritor hidalguense Agustín Ramos recuerda cuando se realizaron los ciclos de conferencias “Diálogos hidalguenses” e invitó a participar a Martré, junto a Federico Arana, “dos maestros de la ironía y pontífices sumos de la irreverencia”: “Lo traté por primera vez y volví a leer sus obras más conocidas con complicidad y simpatía crecientes. Congeniamos y su generosidad hizo que menudearan los elogios mutuos hasta el punto de proponerme, él, que entre los dos incendiáramos a Hidalgo vía internet. Sabiendo que hablaba en serio, de plano me rajé. Pero él sí llegó, y fue como un Anastasio de Ochoa y Acuña recargado (sacerdote y poeta hidalguense –1783-1833– que desde las letras luchó por la independencia de México)”.

Gustavo Sainz, por su parte, afirma que Los símbolos transparentes es la mejor novela del 68; René Avilés Fabila considera a Martré un escritor consagrado que no deja títere con cabeza; Iván Farías apunta que ya es hora de dejar de ningunearle el reconocimiento que se merece, y Carlos Gómez Carro apunta que la narrativa de Gonzalo Martré es una de las “más significativas” de la literatura mexicana.

Vistos lejos de las pasiones políticas, de los enemigos creados en el ambiente cultural, los libros del hidalguense tienen un poder narrativo que hoy escasea debido a que se privilegia la anécdota; hay en sus páginas un manejo de la estructura y del lenguaje cuya oralidad es hoy celebrada en otros autores; sus cuentos satíricos se encuentran con muy pocos acompañantes en el páramo que constituye este tipo de narraciones en México, y cuenta con textos que debieran estar en las antologías que conforman el canon nacional.

Al revisar su obra, el lector puede encontrar casi cualquier registro; puede enamorarse de las mujeres despampanantes que describe Martré; es posible gozar las correrías de Rosendo y descubrir el “enloquecido viaje […] en que la diferencia vivía arrinconada, obligada a confundirse con el lumpen”, como dice Humberto Musacchio; siente el hastío y el desencanto que revela en sus textos con tintes políticos, y le sube un cosquilleo entre erótico y risible cuando describe máquinas que absorben feromonas y comprimen el olor de los genitales en plena relación sexual para llevar a un marciano al éxtasis. Es decir, Martré es un referente de esa literatura que tenía un fin estético y gozoso, de esos libros que se vuelven de culto porque hay una orden secreta que los va recomendando y agotando sus ediciones, lo mismo en editoriales independientes que en afamadas y comerciales. Es un autor cuyo nombre, cuando surge en una plática, genera opiniones, recuerdos, discusiones. Sin embargo, esto no ocurre en todas partes, pues cuando se vuelve a la geografía que lo vio nacer, todo es diferente…

Hidalgo es un estado con dos luminarias literarias (Ricardo Garibay y Margarita Michelena) que han opacado a los que vinieron después. Los autores que se formaron en la segunda mitad del siglo XX (Agustín Ramos, Ignacio Trejo Fuentes, Arturo Trejo Villafuerte, Agustín Cadena, Gonzalo Martré, Federico Arana, Fernando de Ita y Rodolfo Benavides, entre otros) tuvieron que dejar su territorio natal y desde la capital del país empezar a publicar sus libros y darse a conocer. Así, consiguieron publicar en las mejores editoriales de la época, pero eso provocó que no dejaran huella en las nuevas generaciones de escritores hidalguenses.

Si bien un aula del Poliforum Carlos Martínez Balmori, donde cada año se celebra la Feria Universitaria del Libro (patrocinada por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo), rinde homenaje a Gonzalo Martré, su nombre y su literatura es desconocida por los jóvenes autores. Además, ese sentimiento regionalista que significa identificarlo como escritor de un mismo territorio y tradición parece no existir. De nada sirve, por ejemplo, que Martré haya sido argumentista de la tira animada Fantomas y que incluso su nombre aparezca en el objeto de culto llamado Fantomas contra los vampiros multinacionales que firmó Julio Cortázar. Tampoco parece tener mérito que su obra forme parte de editoriales tan importantes como Alfaguara o que esté incluido en las canónicas Lecturas Mexicanas de Conaculta. Qué decir de la cincuentena de libros que ha publicado a lo largo de su vida y las múltiples reediciones de algunos de sus títulos. Mientras, en otras regiones es homenajeado, se publican ediciones conmemorativas de sus libros e incluso le han compuesto “Un blues a Gonzalo Martré”, en su estado natal es reconocido sobre todo por sus contemporáneos y unos cuantos escritores mayores de cuarenta años. A él, sin embargo, parece no importarle ese rastro que pudiera haber dejado en esos nuevos escritores. Por eso, una vez que encuentra un interlocutor, le regala sus libros, le escribe correos electrónicos, mantiene comunicación y se porta con la generosidad de aquellos que ya no tienen nada qué demostrar. Es como si supiera que todos los libros y la vida que lo respaldan no necesitan cantarse para que otros lo escuchen: Martré es Martré lo conozcan o no.

            Por suerte (para sus lectores) ha encontrado a interlocutores con quienes ha establecido complicidades y, gracias a editoriales como Cofradía de Coyotes, su obra sigue vigente y es posible hacerse de ella.

Aquellos que se adentran en sus libros (y tienen el humor e inteligencia para reírse de sí mismos, de su suerte y de la época en que les tocó vivir) saben que en Martré hay un autor que forma parte de una tradición que debe conocerse. Tal vez ya no escriba las cuatro o cinco horas que antes acostumbraba, pero hoy sigue haciéndolo con la misma pasión con que lo hacía en su juventud, sabedor, como él mismo afirma, que quizás deban pasar 50 años para que sus libros empiecen a desenterrarse y a valorarse en su real dimensión. El primer paso se ha dado, el gobernador hidalguense, Omar Fayad, le dio la presea que Martré merecía:

–Omar sí está al alcance de entender que premiar a un escritor, que es el mayor escritor hidalguense, aunque sea crítico del sistema, hace honor al sistema. Postergarlo y ningunearlo habla mal del sistema –, dijo en enero de 2017 Gonzalo Martré. Él se refería a las autoridades gubernamentales, pero quizá ese dardo envenenado debió haberse dirigido también a los escritores que siguen sin conocerlo.

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