Del ejercicio periodístico, “las órbitas elípticas” y el milagro del arte

De todas las lecciones recibidas directamente de las personas, pero especialmente de las lecturas -que acumulan muchas más horas en la vida-, todas las grandes voces del periodismo confluyen en señalar que el objetivo fundamental de su ejercicio es el interés público -así sea el de grupos determinados, de allí el periodismo especializado-.

Los periodistas debemos poner sobre la mesa ideas que contribuyan al análisis de cosas y asuntos que una colectividad tenga en común y que tengan que ver con el ámbito de lo público -que cada quien rija sobre lo privado-.

Al escribir tenemos que valorar -hoy más que nunca- los instantes prestados por los lectores y por tal razón no podemos desperdiciar tiempo y esfuerzo. Desconfío de aquellos que convierten a su persona o personaje en el asunto central de sus textos; se me hacen muy jactanciosos a la hora de asumir que SU vida es tan interesante para ponerla en el centro de sus exposiciones.

Lo mismo me pasa con ese juego de lo egocéntrico que mueve a todos aquellos que caen en la tentación de la Autoficción -claro, con sus honrosas excepciones-; en sentido contrario, quien funde su vida misma con la propia literatura toma un cariz fascinante -he allí el enorme interés de alguien como Enrique Vila Matas, que expande su literatura de sus libros a su columna Café Perec, que publica en el Diario El país.

Las columnas cobran mayor interés en la medida en que las plumas que las ejercen extraen la esencia de los acontecimientos y los interpretan para especular acerca de los varios sentidos que estos pueden tener; así funciona con gente como Tom Wolfe, Jesús Ferrero, Paco Umbral, Rafael Sánchez Ferlosio y Agustín Fernández Mallo -en una mezcla de vivos y muertos-.

Establezco esta digresión a propósito del reto de alimentar a El sonido y la furia -columna sucesora de Las posibilidades del ocio, que por muchos años sostuviera en Milenio Hidalgo. Las condiciones impuestas en el marco de la quinta ola del Covid nos pertrechan en nuestras casas -mayormente- e incrementan la búsqueda de conocimiento dentro de la música, los libros y los diarios -algo que hacíamos antes pero con menos tiempo de nuestro lado-.

Que mal por aquellos que se han alejado de periódicos y revistas; ¡cuánto pierden los que no leen.. allá ellos!, pero no podría sentir más lástima que por los que desprecian a la música y no llenan sus vidas con sus sonidos y silencios… con la maravillosa experiencia estética que acarrea.

Aprovecho esta columna para pronunciarme y tomar un punto de vista -de ello se trata el género- y compartir el descubrimiento de una canción que me permite justificar la manera en que entiendo la existencia… ha sido escrita por un músico valenciano de 71 años que recién acaba de publicar un disco extraordinario llamado Sueños emisarios y en el que comparte una enorme vitalidad y una filosofía no por cotidiana menos acertada.

Julio Bustamante canta:

“Mis días son un vuelo permanente

alrededor del sol de las canciones

en constantes órbitas elípticas

que sólo sabe Dios cómo funcionan”

En el centro de mi universo… el sol de las canciones y con ello se producen el milagro de la vida y el arte; además, confieso que entre más se les estudia, las canciones son recelosas y con sus movimientos esquivos -y elípticos– no les gusta mostrar frecuentemente cómo es que surgen -y funcionan-.

Cada día que pasa me vuelvo a sentar a tratar de descifrar sus misterios y compartir su grandeza ante quienes están deseosos de encontrar propuestas de alto riesgo que colmen nuestro cotidiano deseo de hallar nuevas maravillas -¡he allí el interés público!-.

He aprendido que cada día los lectores piden entregas menos largas y entonces abrevió, pero citando nuevamente a “Las órbitas elípticas”, una canción de parte de un músico que es considerado patrimonio vivo de la cultura valenciana:

“Los niños me recuerdan con sus juegos

que lo más natural es hacer la real gana,

y no me extrañaría que un buen día

dedique todo el tiempo a no hacer nada.

Si acaso a dibujar mundos vacíos

donde no queda rastro de la locura humana.

Y no me extrañaría que un buen día

ocurran grandes cosas en mi vida”.