Cuando las cuentas no salen

A finales de junio se dio a conocer el documento estadístico de mayor relevancia hasta la fecha en materia de orientaciones sexuales diversas. La Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género 2021 (ENDISEG) pretende ser, de acuerdo con el INEGI, un ejercicio probabilístico que favorezca la visibilización de la población LGBT+ mexicana para la elaboración de políticas públicas a su favor.

Quedan claros desde un comienzo los alcances y limitaciones de trabajos de este tipo. Su pertinencia radica en dar cuenta del volumen de un sector de acuerdo con lo expresado por los informantes, pero no es su objetivo ahondar en vivencias personales, para lo cual se requeriría un abordaje metodológico radicalmente distinto.

Lo que sí debe hacer el INEGI es sentar las bases para que la información recopilada sea concreta y certera, a través del planteamiento de preguntas -y, en su caso, opciones de respuestas- claras y adecuadas. Pero esta función no se cumple en una de las cuestiones más importantes de la encuesta: ¿cuál considera que es su orientación sexual?

Las respuestas revelan que 4.8 por ciento de la población mexicana está conformada por personas bisexuales, lesbianas, homosexuales o con otras orientaciones sexuales. Entre estas otras se mencionan la pansexualidad, la demisexualidad, la asexualidad y un ambiguo etcétera que no resulta apropiado en esta clase de ejercicios.

Sin la intención de desestimar las diversas experiencias que conforman la compleja dimensión sexual de las personas, es preciso aclarar que de estas tres categorías (más ese ‘etcétera’ que no conocemos) la única que puede clasificarse como una orientación sexual es la pansexualidad, que se refiere a la atracción por personas de todas las identidades de género, incluidas las trans, queer e intersexuales.

Demisexualidad es un término usado para referirse a una condición por la que la atracción sexual hacia otra persona depende del establecimiento de un vínculo emocional con ella (nada nuevo en la historia). Es decir, se trata de una orientación, no hacia el sexo y/o el género de otra persona, sino hacia un rasgo de ésta o de la relación con ella, por lo que una persona demisexual, antes de serlo, es heterosexual, homosexual, bisexual o pansexual.

La asexualidad, por su parte, habla de una condición en la que el deseo sexual hacia otra persona puede ir del desinterés total por cualquier tipo de relación a una atracción cuyas manifestaciones se basan en diferentes grados en el afecto, la estética o ciertas sensaciones como caricias o besos, pero no en el coito. De nuevo, una persona, además de asexual (por sus prácticas), es hetero, homo, bi o pansexual (por su orientación).

No se trata de afirmar que estas dimensiones no sean parte importante de las experiencias vitales de la gente; habría sido interesante incluirlas como un factor complementario a la orientación sexual. Pero para los fines políticos que, en última instancia, persigue la ENDISEG, su categorización como orientaciones sexuales resulta confusa.

Bien puede haber en esas fracciones gente heterosexual que, más allá de esos intereses o desintereses específicos en la manera de ejercer su sexualidad, no tenga problemas de discriminación que puedan o deban resolverse a través de una acción pública.

Abrir las orientaciones sexuales a cualquier elemento de atracción fuera del sexo y/o el género de la otra persona, centrarse en el ‘cómo’ y no en el ‘con quién’, es desdibujar un aspecto que para las personas homo y bisexuales resulta fundamental de una manera que no puede serlo para otras cuyo conflicto radica en tener relaciones sexuales sólo si están enamoradas o en el hecho de simplemente no hacerlo.

¿Es realmente importante, para efecto de políticas públicas, equiparar a estas últimas con quienes, por el hecho de desear a quienes desean, han vivido actos de violencia a lo largo de sus vidas en los ámbitos escolar, laboral, médico, político y tantos, tantos más?