Carta a Midi

Pequeña Midi, escribo estas líneas para dejar impronta del paso de tu primer año en el mundo. He querido encapsular en 365 palabras todo lo que habita en mí desde tu llegada. En ese intento de asir la felicidad y el amor que generas, me he dado cuenta que no hay manera de narrar el tsunami de sensaciones que provocas con tu advenimiento. En un lustro, cuando puedas leer esto, todo será completamente distinto. Lo único que permanecerá será el amor que siento por ti.

Como otros días, mientras haces tu primera siesta, te observo descansar y enumero las certezas que has borrado de mi mente; coloco en una caja pequeña de momentos cómo era el mundo antes de que nacieras. A veces extraño mucho la vida como la conocíamos, otras agradezco al confinamiento la oportunidad que me ha dado de estar contigo la mayor parte del tiempo.

El día que llegaste, algo infectó mi sistema. Desconozco si eso le ocurra a todos los que son padres cuando están a punto de vivir el nacimiento de sus hijos, pero a mí, desde ese fin de semana en que tu mamá entró al hospital para traerte al mundo, me contagié de una especie de angustia que no ha desaparecido y que se acrecienta cada vez que vas descubriendo el mundo. Los síntomas son contradictorios, porque van del miedo a la felicidad, de la zozobra al gozo, del temor a la sonrisa. Vivir en este dintel de emociones no ha hecho sino reafirmar la enorme dicha que me produce ser tu padre.

Pequeña hija mía, quiero que siempre recuerdes que desde antes de que estuvieras aquí, ya eras amada por muchas personas y que de todas ellas, nadie te amará y te cuidará como lo hace tu mamá. Tal vez en otro momento te escriba para decirte lo mucho que te ha cuidado, la manera en que se entrega a ti o lo inútil que fui para ella en los meses de lactancia. Tal vez, en otro momento, te contaremos cómo fue que ambos tuvimos que reaprender muchas cosas, los intentos que hicimos por ponernos en forma, seguir una dieta, cómo llorábamos para cortarte las uñas de los pies o ponerte las vacunas, la manera en que nos vencía el sueño o la forma en que discutíamos por cosas que ninguno de los dos sabía hacer para cuidarte.

Sabes, todos los días que estoy trabajando, detrás de la computadora, en la oficina o en la carretera de camino a algún municipio, mi único pensamiento está en volver a casa y poder verte. Escuchar a tu madre decirme lo que hiciste; hablar de nuestros trabajos y lo difícil que es compaginarlos con tu cuidado, bañarte antes de dormir; ver cómo el sueño te vence nuevamente.   

Desearía que el tiempo no siguiera corriendo, que se estancara en estas horas que han sido un renacer de las esperanzas perdidas. Pero eso no pasará, lo que ha ocurrido, y así seguirá, es el génesis de un mundo nuevo donde la luz de tu presencia irradia en cada rincón y anidan nuevas ilusiones.

Ya ves, te lo dije. Fracasé en mi intento de decirte cuanto te amo en 365 palabras.

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