Caminata del 102 aniversario del Incendio en El Bordo

«Weeeey noooo el Reloj» decía una de las nuevas frases que fueron pintadas sobre El Reloj el pasado ocho de marzo, Día de la Mujer. Mirábamos el monumento desde el kiosko, mientras esperábamos a que terminara de llegar el grupo para la Caminata del 102° aniversario del Incendio de la Mina de El Bordo. Se escuchaban opiniones en contra y a favor de las pintas, mientras, como escena de fondo, una madre retrataba a sus dos hijas que posaban sobre la base de El Reloj, junto a las frases «Puto Estado», «México Feminicida» y una mancha de pintura que parecía el trazo abstracto de un cuadro de Jackson Pollock.

Minutos más tarde, un hombre de unos ochenta años, llamado Javier, llegó con todo y su bicicleta para sumarse al grupo, que alcanzó a congregar unas cuarenta y cinco personas que fueron convocadas por las redes sociales. Me preocupé por Javier, ¿qué tal si a la mitad del camino no podría seguir con su bicicleta? Varios le ofrecimos ayuda que nunca aceptó ni necesitó. Y hasta dijo que un día antes había cruzado los bosques en bicicleta para ir a El Chico.

La marcha arrancó a las nueve y media de la mañana. Tomó la calle de Doria, dobló por Abasolo hasta conectar con Galeana, atravesó El Arbolito y subió por Humboldt hasta el barrio de la Nueva Estrella. Ahí, nos detuvimos para contemplar la Casa Cornish de San Pedro la Rabia, una de las pocas casas que quedan de las que fueron construidas por los ingleses en el siglo XIX para guardar las máquinas de vapor para sacar con mayor eficiencia a los metales. Su figura es fantasmagórica, como gran parte del patrimonio industrial en el Antiguo Distrito Minero de Pachuca. Hoy está abandonada y ocupada por el desordenamiento territorial que se extiende hacia el sur como una enorme alfombra gris. Desde ahí, también veíamos la Mina de San Juan Pachuca, con sus tanques en operación llenos de aguas verdes que se mueven al compás mecánico de las manecillas del reloj.

Entramos en la Barranca de El Tulipán, ese lugar de abismos que en esta época del año tiene un paisaje seco. Vemos las peñas de «Los Compadres», un monumento natural que fue dinamitado para construir el muro de la represa, después de la inundación del cuarenta y nueve.

Dentro del grupo, venían también algunas estudiantes de antropología. Tomaban fotografías y hacían registros de las plantas para el proyecto «Memoria de la Biodiversidad», que busca construir un herbario de plantas medicinales y comestibles, y que surgió el año pasado en el Laboratorio Ciudadano El Bordo.

Llegando a la altura de San Buenaventura, donde estaba la hacienda de beneficio de los metales, están los montículos de piedra que cada vez son más grandes. También hay muchos números pintados sobre las piedras del cerro. Son producto de los trabajos de la minera que sigue arrasando con el patrimonio, es decir, las ruinas de hace más de dos siglos, el cerro y la biodiversidad. ¿Hasta qué punto estos trabajos afectan el abastecimiento de agua en la ciudad?

Nos detuvimos y alguien contó la historia de “Los tempraneros” , que según el libro de El Doble Nueve de Rodolfo Benavides, así se les decía a los mineros enfermos de silicosis (la enfermedad causada por la inhalación de gases que petrifican los pulmones), porque a diferencia de los mineros sanos, éstos tenían que salir más temprano de sus casas para llegar puntuales a la puerta de la mina. La enfermedad los obligaba a detenerse para tomar aire y toser.

Llegamos a El Bordo para el encuentro comunitario entre habitantes, colectivos y caminantes que conocieron por primera vez el lugar. Hablamos sobre cómo la memoria interpela el presente, como los conflictos territoriales y los esfuerzos que la comunidad está haciendo para defenderse de los cacicazgos tradicionales.

Hace dos años (pandémicos) que fueron inaugurados el Centro Comunitario y el Memorial a las Víctimas del Incendio, y que la zona fue declarada Patrimonio Intangible de Hidalgo. Y por segundo año consecutivo, a pleno sol, fue colocada una corona en el Panteón de los Quemados, donde se encuentra el terreno de la fosa común, ese lugar que está a espaldas del cerro de San Cristóbal como un recuerdo oculto de la ciudad. Mientras algunos daban palabras por las víctimas, otros vertían chorritos de pulque sobre la tierra.

Me acordé de Madres Paralelas, la última película de Pedro Almodóvar, que habla sobre los trabajos de recuperación de la memoria histórica y las fosas de la Guerra Civil Española; al mismo tiempo que reflexiona sobre la maternidad. El filme conecta con esta caminata que tuvo como propósito seguir activando la memoria y como dijo uno de los caminantes para minar la indiferencia: «nunca más un silencio por las víctimas del Incendio de la Mina de El Bordo».

La caminata igual tuvo que ver con lo que dice la antropóloga argentina Rita Segato, en el libro Los Patrimonios son Políticos, de que «La patrimonialización que piensa al patrimonio como cosas, es decir, como vida muerta, no sirve. Para que el patrimonio esté vivo debe ser vivido por la gente. Y estar en permanente construcción por las personas a las que pertenece».

Además, caminar sirve para generar nuevas lecturas, interpretaciones y resignificaciones de la ciudad post-minera y precaria a la que le roban las estatuas de sus héroes nacionales en los parques que además, se están quedando sin árboles. Y hoy, enfrenta una transformación inédita (y probablemente brutal), con el inicio de las operaciones del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles.

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